
Con la irrupción de las tecnologías digitales sobre los medios de comunicación parece haberse forjado la construcción de una nueva génesis en las formas, modos y maneras de trabajar por parte de todo el entramado de trabajadores dedicados al oficio de la información. Parece incuestionable el nacimiento de una nueva metodología que, quizá aún no de modo completo, va imponiéndose y tomando impulso.
Restringiéndonos al ámbito de la prensa escrita no es difícil percibir un cambio sustancial en las redacciones de los periódicos tradicionales; empezando por el diseño de los espacios de trabajo, pasando por la organización e interacción entre los periodistas del medio, hasta terminar en el modo en el que se distribuyen los contenidos, las plataformas de difusión usadas y la interactividad con el público.
IFRA Newsplex, entidad de la Asociación Mundial de Diarios, llevó a cabo proyectos de ámbito internacional para analizar, estudiar y reinventar las redacciones acorde a las nuevas necesidades que se derivan del creciente uso de la digitalización e Internet. Entre sus propósitos, podemos distinguir dos fundamentales; en primer lugar, la ya comentada reinvención en el diseño físico de los espacios o redacciones de trabajo, en los que se apuesta por una distribución circular con abundante interconexión de ordenadores, así como grandes pantallas centrales que realicen las función de monitorear el trabajo de los distintos agentes; y en un segundo y más difuso lugar, la redacción red basada en una teleredacción interconectada con una gran redacción central y física.
Hasta aquí todo parece posible desde un punto de capacidad estructural material, pero ¿hasta qué punto la teleredacción totalmente integrada entre los diversos agentes informadores puede llegar a ser factible? A nuestro juicio, un modelo de trabajo única e íntegramente virtual que no salva, sino que salta, la necesidad de reunión y de comunicación física intrínseca en el ser humano, es un modelo totalmente deshumanizado; y que además, se enfrenta de frente y cara contra la primigenia identificación de la vida del hombre con su vida social, contra la primitiva relación, siglos atrás enunciada por Platón, de la moral individual con la moral colectiva. Si nos limitamos a un lenguaje de bites, a una moral virtual, a un proyecto laboral que no puede saltarse los parámetros fijos de una plataforma férrea de organización y difusión ¿Dónde queda la libertad de actuación, de reunión? ¿Dónde queda la subjetividad en la interacción? ¿Encarcelada, quizás, en un lenguaje ortodoxo de ceros y unos, en una moral colectiva de base binaria y con unos protocolos de decisión basados en las posibilidades de hacer click entre un par de interfaz? ¿Dónde quedan las decisiones de última hora entre un titular u otro? ¿Cómo se salvan las dudas del becario de sueldo pagado igual a comisión por hora extra? ¿Dónde quedan los gritos callados entre editor y redactor cuando el tejido virtual carece de tacto?